11 d’octubre 2004

Carta abierta del representante de G. Salvadó

El señor G. Salvadó me ha pedido, porque confía en mí, que redacte esta carta abierta como respuesta al post del señor Perelló que hacía referencia a la necesidad o no de que TRES hubiese de tener un argumento. El señor G. Salvadó lamenta bastante que el señor B. Perelló crea que hay desidia en la escritura de mi representado y lo considera injusto e impropio de un amigo, y por ello se siente decepcionado y me ha pedido a mí que responda en su lugar.
El señor Perelló aceptó la invitación de los señores Orteu y Salvadó a participar en la redacción de TRES, aunque por lo visto nunca ha entendido de qué se trata, pues después de muchos meses aún cree que están escribiendo una novela. Luego, preocupado porque cree que una novela debe tener un argumento, ha sugerido muchas veces un orden en la narración o un desarrollo en los caracteres de los personajes, cosas que resultan bonitas en una novela pero no en TRES. Él cita algunas personalidades del mundo de la literatura para justificar lo bueno de un argumento, en unos casos, y lo malo de que no haya argumento, en otros. Y todo ello me parece respetable porque respetable es todo lo que haga una persona según su juicio mientras no suponga un daño en otras personas.
Pasando por alto algunas inexactitudes de poca importancia (como que el último best-seller sin argumento fue "Gargantúa y Pantagruel" -sic-, sin dar ninguna explicación de por qué considera un best-seller esto y no "Till Eulenspiegel", "Simplicius Simplicissimus", "Vida y opiniones de Tristam Shandy", "Ferdydurke" u otros, muy leídos igualmente y posteriores), y dejando de lado TRES porque no es una novela, quisiera dar la opinión de mi representado acerca de las normas argumentales con un símil de fácil comprensión y muy ligado a la literatura: el juego del ajedrez.
E. Poe era un aficionado a este juego y un buen escritor, y sin embargo decía preferir el juego de las damas "porque en él se usa la inteligencia en el estado más puro, improvisado, mientras que el ajedrez se basa más en la capacidad de concentración que en la inteligencia pura". Y algunos ajedrecistas considerados geniales también piensan que las normas aprendidas en el estudio impiden la verdadera creatividad intelectual en el juego; me refiero al gran Capablanca y al sin par Bobby Fischer. Ambos sugirieron añadir normas al juego a fin, precisamente, de que hubiera menos normas. A Capablanca le aceptaron algunas (ya asumidas en el ajedrez contemporáneo), y Fischer propuso una verdadera revolución: que las piezas nunca se colocaran de la misma manera sobre el tablero antes de iniciar una partida, sino aleatoriamente mediante algún dispositivo informático, para estimular la inteligencia y no dar una ventaja al jugador más estudioso pero no tan habilidoso.
Algunos pensarán que no hay ninguna relación entre el ajedrez y la literatura. Son los mismos que están acostumbrados a guardar cada cosa en un cajón diferente e incapaces de mezclarlas. Pues bien, lean a Borges, tan citado en el escrito del señor Perelló, y notarán que él (me refiero a Borges, naturalmente) era también un gran admirador de este juego y de su relación con las letras.

El representante de G. Salvadó.

"Ajedrez misterioso la poesía, cuyo tablero y cuyas piezas cambian como en un sueño y sobre el cual me inclinaré después de haber muerto", J. L. Borges.

Las reglas propuestas por Fischer: http://home.att.ne.jp/moon/fischer/list/p_20/20_0.htm